Publicada en 1997 en la revista Palabra de Mujer, la entrevista «Cuento entre dos mujeres» registra el testimonio de la profesora Adriana Bórquez sobre su cautiverio en Colonia Dignidad e Irán 3037. En este diálogo con la periodista Claudia Ulferts, la sobreviviente describe la especial crueldad del recinto «Venda Sexy», donde la DINA empleó música clásica y vejámenes sistemáticos para intentar destruir su integridad física y psíquica.

CUENTO ENTRE DOS MUJERES
Por Claudia Ulferts
Una abogada de Codepu me lleva a la pequeña casa de madera que está ubicada al borde sur de Talca, en un sector llamado La Florida. La casita está en medio de un hermoso jardín con oliveros, durazneros, hierbas medicinales y flores. Una muchacha nos deja entrar. De repente me encuentro en el micromundo de una apasionada coleccionista: cajitas de fósforos provenientes de todo el mundo decoran una pared. En un estante hay porcelana china y loza fina de Europa. Una fotografía de Pablo Neruda encima del sofá. A su lado un cuadro de Ché Guevara, sonriendo, confiando en su victoria. Un mapa de Oxford, postales de paisajes verdes de Escocia. Telas de África con colores alegres. Frascos de diferentes tamaños y un montón de títeres de brujas, volando en su palo de escoba debajo del techo y al lado de las jambas de las puertas. «Tiene gran cariño por los detalles», reflexiono, «y le gusta la Gemütlichkeit» palabra alemana que no tiene traducción española y que significa mucho más que comodidad o confort. Es el afán de crearse un rincón placentero con velas encendidas mientras afuera el viento está golpeando las ventanas en una tormenta del otoño.
Una voz firme y clara interrumpe mis pensamientos: «Ya voy.» Se abre la puerta del dormitorio y sale una mujer de sesenta años, apoyada en dos bastones de madera. Se sienta en su silla de ruedas, enfrente del sofá donde estamos sentadas nosotras.
Unos ojos abiertos y decididos me observan. En sus ángulos hay chispas de humor y también de ironía. Su mirada está clavada en mi cara, investigándome, tratando de averiguar mis intenciones. Me siento un poco desnuda, pero sin esa sensación desagradable que uno a veces experimenta al ser tomado de imprevisto. «Sabe lo que quiere», pienso, mientras nuestras miradas siguen unidas. Entonces las palabras de Adriana Bórquez empiezan a penetrar mi mente: «Conocí a muchos periodistas en mi vida. Quiero que quede eso bien claro: Yo te voy a instrumentalizar a ti y no al revés». Sus palabras no me ofenden. Al contrario, las encuentro convenientes, mejor dicho, justificadas para una mujer a quien le tocó vivir el infierno en su propia carne y quien ahora es requerida por otra mujer para contarle sus experiencias. Una mujer que aguantó 24 días en campo de tortura de la DINA ubicado en la Colonia Dignidad y luego dos meses interminables en la «Sexy Venda» o «Discoteque» como inacabramente se le llamaba en aquel entonces a centro de tortura de la DINA ubicado en Los Plátanos con Irán.
¿Cómo voy a comenzar? ¿Hay una frase sabia para iniciar nuestra conversación? Ella misma comienza a hablar atropelladamente de la Colonia Dignidad. Siento que su incansable búsqueda por la verdad, su lucha contra esta oscura y poderosa secta se ha convertido en una de las principales tareas de su vida. (Por supuesto es mucho más que una secta. Es un verdadero estado dentro del estado chileno con un líder omnipotente, Paul Schäfer, que goza la protección y el apoyo de círculos altos y poderosos). «Sólo el saber que algún día pudiera gritar la verdad, contarle a los demás lo que me habían hecho a mí y a mis compañeros y buscar justicia, me dio la fuerza para sobrevivir a este infierno», me dice después.
Porque uno no puede huir de su pasado, regresó en 1985 de su exilio en Oxford, Inglaterra, y se instaló en Talca, apenas a 150 kilómetros del fundo de Colonia Dignidad. En el curso de los años Adriana Bórquez ha acumulado libros, fotos, videos y miles de recortes de prensa acerca de la Colonia Dignidad en su pequeña casa de madera. Un gran archivo privado.
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«Todos hemos enterrado el drama profundamente en nuestro interior», dice Adriana. «Algunos han sobrevivido negándolo, otros han sucumbido al vicio o la locura, y los menos, hemos enfrentado, como mejor hemos podido, al mundo con nuestra verdad.»
Adriana afirma, sin embargo, que es imposible expresar lo sufrido en palabras. «Lo único que hacemos es hablar crípticamente de nuestros dolores. De eso me di cuenta cuando por ejemplo leí los testimonios de los hombres torturados. Sólo uno admitía haber sido violado. A todos, sin embargo, les había pasado.»
También a Adriana le costó años reconocer el impacto de esos tres meses. «¿Te das cuenta que tengo la manía de siempre anunciar lo que voy a hacer? Digo por ejemplo: Voy al baño ahora. Obviamente tiene que ver con que allá siempre tuve que pedir permiso para hacer justamente eso». Además Adriana tiene el hábito de lavarse las manos muy frecuentemente.
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«Cuando me llevaron a la Colonia Dignidad tuve tanto miedo de que me fueran a sacar informaciones que me prohibí realmente pensar en mis hijos y mis amigos. Los borré realmente de mi mente porque temí -aunque quizá suene raro- que hasta mis pensamientos iban a ser capaces de poder leer. Desde este tiempo mi memoria a veces falla. Olvido cosas, sobre todo nombres. Creo que es el efecto de tanto ejercicio de olvidar en aquellas semanas.»
TESTIMONIO DIRECTO: «A LOS PLÁTANOS»
Por Adriana Bórquez
(Relato de su retorno al lugar donde fue torturada)
- ¿Por dónde quiere que la lleve? ¿Por Avenida Quilín o Las Torres? Dígame: ¿Entonces no estamos lejos de Los Plátanos con calle Irán?
- Bueno, eso está más atrás. Habría que retroceder.
- ¿Mucho?
- No; no está muy lejos.
- Lléveme por favor, a Los Plátanos con Irán.
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El taxista aparcó suavemente y miró de reojo a la mujer sentada a su lado. Su expresión angustiada lo sobrecogió. ¿Quién sería esa mujer? De edad indefinible, canosa, lisiada, vestida de un modo, también, sin edad, ni pobre ni pudiente, que trasuntaba seguridad en sí misma, dolorosa, pero desafiante.
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El murallón hacia Los Plátanos era de ladrillo blanqueado con pintura, alto -mucho más alto de lo que ella había imaginado. ¡Jamás habría logrado deslizarse hacia la libertad en las sombras de la noche, como lo planeó tantas veces! ¡Ese murallón la había mantenido separada de la vida circundante tantos días, tantas semanas, tantos meses!
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Mientras el taxi partía, sus ojos chocaron con los grandes números negros pintados junto a la puerta de reja: 3037. Irán treinta treintaisiete. La Discotheque, también conocida como la Venda Sexy, casa de torturas de la DINA, por allá por el 74, 75.
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Adriana Bórquez. Ex prisionera política, torturada en Colonia Dignidad. Volvió del exilio en 1985. Actualmente escribe sus memorias las que serán publicadas en fecha próxima.
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