Durante la dictadura civil-militar en Chile, miles de personas fueron perseguidas, detenidas y torturadas. Pero para muchas mujeres, la violencia tuvo además una dimensión específica: sus cuerpos y su sexualidad fueron utilizados como herramientas de castigo, humillación y dominación.
La investigación “Corporalidad y dictadura: Profesionalización de la tortura y su recriminación sexual hacia actoras políticas”, de la historiadora Katherinne Claudia Roco, profundiza precisamente en esta realidad, poniendo en el centro las experiencias de mujeres que fueron perseguidas no solo por su condición política, sino también por desafiar el lugar que la sociedad y la dictadura esperaban que ocuparan.
El estudio analiza testimonios de sobrevivientes y distintos centros de detención y tortura, entre ellos Estadio Chile, Estadio Nacional, Villa Grimaldi y Venda Sexy, buscando comprender cómo la violencia represiva fue evolucionando y adquiriendo formas cada vez más especializadas.
La investigación plantea una mirada profundamente necesaria: la violencia sexual no puede entenderse únicamente como un hecho aislado dentro de la represión. Los testimonios recogidos muestran prácticas de humillación, desnudez forzada, agresiones sexuales y torturas dirigidas hacia las zonas más íntimas del cuerpo. Para muchas sobrevivientes, la violencia física se extendió también al miedo, la vergüenza y a las huellas psicológicas que permanecieron mucho después de recuperar la libertad.
En el caso de las mujeres militantes, la investigación observa una dimensión particularmente brutal: además de perseguirlas por sus ideas y participación política, la violencia buscó castigar aquello que, desde una mirada patriarcal, era considerado una transgresión. Ser mujer y ocupar un espacio político podía transformarse, para los agentes represores, en una doble condición de persecución.
Por eso, recuperar estos relatos no es solamente volver a mirar el pasado. Es también escuchar a quienes durante décadas debieron cargar con experiencias que muchas veces permanecieron en silencio.
El caso de Venda Sexy ocupa un lugar especialmente significativo. La investigación recuerda que, tras la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, la Corte Suprema confirmó condenas contra exagentes de la DINA por delitos de secuestro y aplicación de tormentos con violencia sexual contra sobrevivientes de este centro de detención y tortura. Sin embargo, el propio trabajo advierte que aún existen experiencias silenciadas y desafíos pendientes para avanzar en verdad, justicia y reconocimiento.
Hablar de violencia política sexual es, entonces, una forma de romper esos silencios.
Es reconocer que detrás de cada testimonio hay una historia, un cuerpo, una vida y una persona que resistió. Y también comprender que la memoria no se construye solo recordando los hechos, sino escuchando aquellas voces que durante demasiado tiempo quedaron fuera del relato oficial.
A más de medio siglo del golpe de Estado, investigaciones como esta nos recuerdan que hacer memoria también significa mirar de frente las violencias que durante años fueron ocultadas o minimizadas.
Porque no hay memoria completa sin las voces de las mujeres.
Porque no hay justicia plena mientras existan verdades que sigan esperando ser escuchadas.
Por la memoria, la verdad, la justicia y la garantía de no repetición. Nunca Más.
