Hace 53 años, mientras La Moneda era bombardeada y la democracia chilena era violentamente interrumpida, Salvador Allende dirigía sus últimas palabras al país.
En medio del ruido de las armas, del fuego y de la incertidumbre, su voz se convirtió en un testimonio que atravesó aquel día y permaneció en nuestra memoria.
Allende habló de Chile, de su pueblo y de la esperanza. Habló desde la dignidad de quien sabía que estaba viviendo las últimas horas de su vida, pero que también confiaba en que las ideas de justicia, libertad y democracia no podían ser destruidas por la fuerza.
Sus últimas palabras no fueron solamente una despedida. Fueron también un mensaje hacia el futuro.
Hoy, a más de cinco décadas del golpe de Estado, las escuchamos desde la memoria de quienes fueron perseguidos, detenidos, torturados, asesinados y hechos desaparecer. Las escuchamos desde los sitios de memoria, desde las familias que aún buscan verdad y justicia y desde todas aquellas voces que se negaron a desaparecer.
Recordar el 11 de septiembre es recordar que la democracia y los Derechos Humanos no son conquistas definitivas: deben ser defendidos y cuidados cada día.
Porque la memoria no es solo mirar hacia atrás. Es preguntarnos qué sociedad queremos construir hacia adelante.
Verdad, justicia, memoria y no repetición.
Porque mientras una sociedad recuerde, mientras las nuevas generaciones conozcan lo ocurrido y mientras la dignidad humana sea defendida por sobre la violencia y el autoritarismo, aquellas últimas palabras seguirán viviendo.
La voz de Allende permanece. La memoria permanece. Y nuestro compromiso también.
